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martes, 21 de septiembre de 2021

Raimundo Lulio. III.

III.

Los que suponen, para dar al hecho más visos de sobrenatural, que Raimundo Lulio después de su conversión, así como pasó desde la vida sensual y mundana a la espiritual y contemplativa, desde la vanidad y los devaneos a la virtud más sublimada, pasó también de la ignorancia al grado de la más alta sabiduría, cometen un error harto visible. No es justo que el afán de hacer ver que la gloriosa era de su sabiduría empezó por un milagro, así como la de su libertinaje había acabado por un desengaño, haya de apartar nuestros ojos de los testimonios que el mismo Raimundo nos da de lo que fuera él durante su vida cortesana y caballeresca. Si su inteligencia apareció como iluminada prodigiosamente por un destello de clara luz, no es que el sacro fuego no estuviese depositado en el fondo de su alma grande, creada para altísimos fines, sino que su ardor permanecía como extinguido bajo el peso de su misma degradación moral, y ahogado al parecer por la indómita carne que le envolvía. ¡Qué mucho pues que al recibir el doble y continuo incentivo de la contemplación y del estudio, no radiase en poco tiempo y se convirtiese en una antorcha de claridad vivísima y deslumbrante!

Raimundo, además de nacer con el privilegio del genio estampado en su frente, recibió una educación la más esmerada que en aquellos tiempos podía apetecerse, al lado de la nobleza y entre los más altos príncipes de la época: y si bien a las armas se había propuesto consagrar toda su existencia, no por eso dejó de alternar en este noble ejercicio con el de las letras, para ser más tarde un caballero tan apto para defender a su patria con su brazo, como para aconsejar a su rey con su saber. A pesar de lo independiente de su carácter y de lo indómito de sus pasiones, contra las cuales, según el mismo manifiesta, no bastaban palabras ni astucias, castigos ni halagos, el joven Raimundo se hizo uno de los donceles de más inteligencia y talento de la corte aragonesa. La instrucción en los negocios de estado, el conocimiento de la índole, usos y costumbres de los pueblos, el arte de la guerra, la política, la cosmografía, la historia y las letras, venían a formar los más bellos adornos de su espíritu, en términos de que por lo claro de su entendimiento tanto quizás como por su hidalguía, y por los servicios que prestara su padre al rey Don Jaime el Conquistador en sus bélicas expediciones, le escogió este de entre la muchedumbre que formaba la nobleza de su reino, para senescal de su hijo el príncipe Don Jaime, más tarde rey de Mallorca.

Tan alto y distinguido empleo no era a la verdad propio de sus juveniles años, pero lo que le sobraba en talento suplía lo que en años le faltaba; y tan a gusto de su señor desempeñó en palacio su cometido, que conquistó enteramente su afecto y se granjeó por do quiera las más vivas simpatías. Tratando con los más altos y distinguidos personajes adquiría mayor experiencia, así como en los viajes en que acompañaba a su príncipe se hacía con mayor instrucción. Por eso en los comienzos de su vida contemplativa pudo escribir aquellos preciosos y ya citados libros sobre el Régimen de príncipes y del Orden de caballería, y más tarde su Arte política que cita Alfonso de Proaza en su catálogo de las obras de Lulio, fruto de su experiencia y de sus observaciones durante su existencia palaciega.

Una de las tareas literarias empero que más ocupaban los ocios de su brillante juventud, fue el dulce estudio de la poesía. Aspirando al título de trovador, con que se habían honrado hasta los Alfonsos y los Pedros de Aragón, y que tanto había ennoblecido desde antiguo la protección que los Berengueres de Barcelona dispensaron a la gaya ciencia, poco costó sin duda a su rica imaginación hacerse el mejor lugar entre los que ocupaban entonces la atención general. Y el aura popular de que le rodeara la viveza de su ingenio y la gracia de sus trovas, haciéndole objeto del amor de las damas y del respeto de los caballeros, fue quizás lo que contribuyó a que despertase su corazón a los malos instintos de la vanidad у a que se rindiese a las seducciones de la vida galante y sensual que acabaron por conducirle a los mayores extravíos.

Mas aunque después, tal vez a pesar suyo, hubo de abandonar la corte aragonesa que tantos incentivos ofrecía a su espíritu, para pasar a Mallorca con el infante Don Jaime a quien servía; ni la vista de su nativo suelo, ni el reposo a que la pacífica isla le brindaba, pudieron desviarle de la existencia inquieta y aventurera a que se había lanzado. Sus devaneos se hicieron públicos, sus amoríos llegaron al escándalo y sus compatricios no veían ya en él sino a un loco disipado a quien la providencia había concedido un talento que deplorablemente malograba. Así como en Barcelona la emulación y la sed de gloria literaria le dictaron tal vez más de un lais para aspirar a la violeta de oro que en premio se ofrecía en los poéticos certámenes al que mejor rimaba, en Mallorca destinó solamente el habla divina de la poesía con que el cielo le dotara, para cantar por las noches lánguidos suspiros de amor bajo la reja de desdeñosa doncella, o para insinuar con la magia de su poder en el alma de cándidas vírgenes el sensualismo que le estaba devorando.

Por desgracia de las letras mallorquinas estos rasgos de la pluma juvenil de Raimundo se han perdido. Toda aquella vida de exaltación y de amorosa fiebre, de quejas y suspiros, de temores y desdenes, de exigencias y reproches, de placeres y orgías que estampaba en el papel en armoniosas consonancias el más ardiente y mejor hablista de los trovadores lemosines de su época, ha quedado envuelta en las tinieblas de los siglos; o quizás las aniquiló el remordimiento del poeta sin dejar de ellas rastro alguno, al aniquilar en su propio corazón hasta el más mínimo rastro de sensación mundana y de profano sentimiento. Ay! ¿Quién pudiera tener en sus manos uno solo de aquellos inspirados cantares del amante trovador, una sola de las concepciones poéticas que trazara aquella imaginación poderosa, aquella alma de fuego, cuando concentrada toda en el amor, por el amor vivía, por el amor deliraba y de amor enloquecía! ¡Quién pudiera tener en sus manos aquel precioso romance que, en medio del despecho amoroso que le produjera el más terrible de los desengaños, escribía para dar salida a los sollozos de su corazón dilacerado, poco antes de representarse a sus abrasados ojos la figura del Redentor, para que tras él emprendiese el camino de la virtud! ¡Quién pudiera fijar una mirada sobre aquellos sentidos versos con que se despedía de un amor que tan cruelmente le había desengañado, y de la idolatrada hermosura que de tan terrible manera le había hecho comprender lo falaz y miserable de los placeres del mundo (1)!

Ni una canción siquiera de las que escribió Lulio durante su existencia de corte ha llegado a nuestros días; y si el autor coetáneo de su vida y el poeta mismo en varios pasajes de sus obras no nos dijese que en escribirlas se ocupó mucho durante su extraviada juventud, creyéramos sin duda que su afición a la rima y su arte en manejarla, fue uno de tantos resultados que alcanzó su entendimiento luego de entregarse a la contemplación y al estudio.


(1) Hay divergencia entre los biógrafos de Lulio acerca el nombre de la bellísima genovesa que tan amorosamente perdido tenía a Raimundo, y que en tan gran manera contribuyó a su conversión, haciéndole ver la repugnante enfermedad que corroía su seno, y mostrándole que solo lo eternamente bello e incorruptible era digno de ser amado. Leonora es el nombre que unos dan a tan interesante hermosura; otros, y entre ellos Solerio, asegura que se llamaba Ambrosia del Castello.

Sin embargo ha habido biógrafos estrangeros que han trascrito una versión, sino del poético billete con que Raimundo declaraba a su dama la pasión que le devoraba, de la contestación que la bella hizo llegar a sus manos. He aquí como cuenta uno de dichos biógrafos la singular aventura. - “Costumbre era entre los poetas catalanes celebrar en sus versos la belleza, objeto de su adoración. En una trova que Raimundo Lulio dirigió a Ambrosia, hizo grande elogio del seno de la hermosa dama, pintando la admiración y el ardiente amor que le inspiraba. La trova no ha llegado a nuestros tiempos, pero sí la contestación de Ambrosia, cuya lectura ofrece algún interes. "Señor, dice, los versos que me habéis dirigido, si bien demuestran la excelencia de vuestro espíritu, hacen ver al mismo tiempo el error, cuando no la debilidad de vuestro juicio. No es extraño que pintéis con tan vívidos colores la hermosura, cuando sabéis embellecer aun la fealdad misma. Mas ¿cómo consentís en serviros de vuestro divino ingenio para prodigar alabanzas a un poco de arcilla coloreada con el tinte de la rosa? Emplear debierais toda vuestra habilidad en ahogar el amor que os consume en vez de declararle. No es que no os considere digno del aprecio de las damas más distinguidas, mas sin duda desmereceríais mucho ante ellas si persistiéseis en servir a la menor de todas. Así, no es regular que un alma esclarecida como la vuestra, creada únicamente para Dios, se ciegue hasta el extremo de adorar una criatura. Olvidad, pues, una pasión que degrada vuestra nobleza, y no expongáis por tan poco vuestra reputación: que si continuáis en tan loco empeño me veré en la necesidad de desengañaros, haciéndoos ver que lo que forma el objeto de vuestro entusiasmo no debe serlo sino de vuestra aversión. Me decís en vuestros versos que mi seno os ha flechado el corazón! Bien, yo convengo en descubríroslo para curar vuestra llaga. Mas en el ínterin podéis estar seguro de que os tengo tanto amor, como aparento no amaros." Raimundo Lulio, como amante, interpretó estas líneas enigmáticas en favor de su pasión, y se enamoró más locamente de Ambrosia. Seguíala a todas horas, y tal era su frenético afán de verla, que un día cabalgando Raimundo por la plaza mayor de Palma, en el momento mismo en que Ambrosia se dirigía a la catedral, llevado de su ciega pasión la siguió montado hasta el interior del templo. Aunque esta extravagancia fue objeto de burla y de muchos comentarios en toda la ciudad, Raimundo llevó a tal extremo su indiscreción, que la dama, que en lo que menos pensaba era en tal amor, resolvió poner fin a un asunto cuyos resultados podían llegar a ser desagradables. Con posterioridad a la carta que había enviado a Lulio, ni las manifestaciones más visibles de desagrado ni hasta los desdenes que empleó la linda genovesa, pudieron contener a su constante perseguidor. Cansada en fin de tan inútiles medios, se decidió, acorde con su esposo, a emplear el último recurso. Escribió a Raimundo y le dio en su casa una cita; acudió volando a ella el joven amante, quien no pudo menos de conmoverse, viéndose en presencia del objeto que adoraba, y al notar la calma, la gravedad y el sello de tristeza que se vislumbraba en su semblante. La dama fue la que rompió el silencio preguntándole el motivo porque tan obstinadamente la perseguía; a cuyas palabras Raimundo, más insensato que nunca, le dijo que siendo ella la criatura más hermosa de la tierra le era imposible no adorarla, o dejar de seguirla. Hallándose pues en su tema favorito de la belleza de su ídolo, no vaciló en loar con entusiasmo los hechizos que le habían inspirado sus versos. Entonces la infeliz Ambrosia decidióse a sanar a Raimundo de su amorosa locura. "Vos me creéis, le dijo, la más bella de las mujeres; ¡cuánto os engañáis! Mirad, añadió, mirad lo que tanto amáis, mirad lo que causa vuestro delirio; y le descubrió su seno que un espantoso mal estaba devorando. Pensad en la podredumbre de este pobre cuerpo que alimenta vuestras esperanzas, y aviva vuestros deseos. Ah! exclamó Ambrosia no pudiendo comprimir sus lágrimas, dirigid a mejor fin vuestra pasión, y en vez de amar a una imperfecta criatura que se consume, amad a Dios que es perfecto e incorruptible.” Apenas hubo Ambrosia proferido estas palabras, cuando se dirigió al interior de su estancia, dejando solo a Raimundo entregado a sus reflexiones." -

Sea como fuere, nosotros deseáramos que los que estampan palabras tan textuales, hubiesen dado pruebas de su autenticidad, trascribiéndonos el original de tan interesante carta, o citándonos el cronista del sentido coloquio. Por lo demás es lo cierto que esta aventura al mismo tiempo que puso término a los amoríos y locuras de Raimundo, dio fin también a sus apasionadas trovas; y que conduciendo el alma del amante a más elevadas regiones, dio a su estro un carácter sublime, grave y severo.

Si en este cambio vino a ganar o no la poesía de Lulio no es fácil determinarlo cuando no hay posibilidad de comparar; sin embargo es de creer que perdiese en la forma y en la gracia de la expresión lo que por otra parte ganaba en elevación y grandeza: pues como sus galantes y amorosos versos tenían por objeto exclusivo deleitar con su armonía a las beldades que le inspiraban para hacer más fácil la conquista de su corazón, o lucir quizás sus dotes poéticas en los concurridos certámenes, era regular fuesen escritos con más esmero todavía que aquellos en que, prescindiendo algún tanto de semejante atractivo, se dirigían noblemente a más altos fines y a mayores empresas. La guerra abierta que declaró a cuanto pudiese dar el menor halago a los sentidos, al mismo tiempo que le circunscribió a un género de vida extremadamente rígido, le hizo adoptar hasta en sus escritos un lenguaje ajeno de todo artificio, si bien puro y agradable; y a tal extremo llevó su severidad, que hasta se duele en varios pasajes de sus obras de que sus contemporáneos gustasen de las pinturas y vanos adornos en los libros y prescindiesen del espíritu que en ellos se encerraba.


Su devoción le aficionó a los asuntos místicos y religiosos; sus contratiempos le hicieron a veces plañidero y elegíaco; la magnitud de sus proyectos le dio atrevimiento y osadía en sus versos de circunstancias; su fé, caridad y amor al prójimo le convirtió en cantor de la moral más pura y de las excelencias de Dios; y la idolatría con que amaba la ciencia le hizo poeta didáctico: y así como durante los desvíos de su juventud, según él mismo manifiesta, la hermosura de las mujeres era el imán de sus ojos; más tarde lo fueron de su corazón la poética figura de María, bajo cuyo manto procuraba conducir a los que vivían en las tinieblas del error, la imagen (imájen) sagrada de la religión por la que tanto se desvelaba, y la majestad sublime de la sabiduría de que quiso ser hijo predilecto.

Remordiéndole la conciencia por el sensualismo de las profanas canciones que había escrito, cuyos consonantes exhalaban, dice, el hedor de la concupiscencia (1), quiso expiar su falta dedicándose a los asuntos místicos y escribiendo lleno de devoción y en sentidos versos una bella composición elegíaca sobre el Llanto y dolores de María, y otra que tituló las Horas de la Virgen; para inmortalizar sus infortunios nos dejó el Canto de Raimundo y el Desconsuelo; para alentar a la cristiandad en los grandes proyectos que tenía meditados compuso el Concilio; para que la criatura conociese los misterios y las grandezas del Todo-poderoso trazó su Dictado de Raimundo y los Cien nombres de Dios; para inculcar los sanos principios de la moral cristiana y enseñar a aborrecer el vicio puso en rimas el extenso libro que llamó Medicina del pecado; y para la mejor aplicación de su doctrina, delineó un poema sobre la Lógica, y otro sobre las Reglas para la aplicación del Arte general.


(1) Teniendo presente Lulio sus pasadas trovas escribía en el libro de Contemplación, que fue uno de los primeros que compuso en su retiro: - “Luxuria fá, Senyor, fer cançons, dançes, é voltas, é lays als trobadors é cantadors. On ¿qu' els val, Senyor, loament de fayçons, ni de agensament de paraules, pus que la obra per la qual son cantadors es tota plena de pudors é de sucietats?" - Cap. 143.


Siendo pues la poesía nuestro exclusivo objeto, ocuparémonos de cada una de estas obras en particular, por el orden cronológico con que fueron escritas, y daremos de las mismas los textos originales, inéditos todavía (1), con toda la exactitud que nos sea dable, prefiriendo siempre en los pasajes que nos han parecido oscuros, transcribirlos letra por letra y tal como están en los antiguos códices que poseemos, antes que alterar en lo más mínimo ni la idea ni la expresión del autor, y notando las principales variantes que nos resulten del minucioso cotejo de ambos códices; mas no consentimos en dar fin a nuestro bosquejo sin que insertemos un fragmento de la carta que por vía de nota acompaña la bellísima Descripción histórica artística del castillo de Bellver, escrita por el célebre Jovellanos. - “El solo nombre de Lull, dice, vale por cuantos testimonios se pudieran alegar en favor de Mallorca. En la esfera inmensa de sus escritos se descubre un amor decidido, y un felicísimo talento para la poesía. Han perecido a la verdad los innumerables versos de amor y galanterías que confiesa haber escrito en su extraviada juventud, y aún yacen olvidados muchos de sus poemas piadosos; pero bastan los que se conocen para prueba de que ningún trovador del siglo XIII le igualó ni en hermosura de dicción, ni en pureza de estilo. Lo más digno de notar es, que mientras los demás trovadores envilecían su profesión y numen, copiándose y repitiéndose unos a otros ideas lúbricas y pensamientos frívolos, solo Lull levantándose en las alas de la filosofía y de la religión, consagraba su estro ora a la expresión de las ideas más sutiles y abstractas, tal como en su lógica y retórica en metro catalan, ora a los pensamientos más sublimes y piadosos, como en su patético poema del Desconort, y en los que escribió sobre los cien nombres de Dios y sobre el orden del mundo. De forma que si V. considera que Lull nació en Mallorca dos años después de la conquista; que recibió en ella su educación, y que pasó su juventud en la corte de sus reyes, no sólo hallará que la musa balear ganó por él un puesto muy distinguido en el Parnaso catalan, sino que a él le deben la lengua y la poesía catalana su majestad y esplendor."


(1) No sabemos que se haya impreso en su original ninguna de las obras poéticas de Raimundo Lulio. Algunas lo han sido en latín por algunos amantes de las glorias de nuestro célebre paisano. D. Nicolás de Pax publicó en el siglo XVII una traducción castellana del Desconort que se ha reproducido en nuestros días.

Yo no sé si esta fue la razón que tuvo el docto Mariana para decir que los poetas de la corte de Don Juan I componían y trovaban en lenguaje mallorquín; pero el suyo fue siempre muy exacto, y sus frases siempre muy pensadas, para que creamos que asentó aquella sin alguna buena razón. Lo que no tiene duda es que el ilustre ejemplo de Lull no fue perdido para su patria. Si el descuido ha dejado olvidar en ella como en otras partes las producciones de sus trovadores, la frecuente residencia de los reyes de Mallorca en Cataluña y Francia; la gran cabida que tuvieron los mallorquines, así, en su corte como en la de Aragón; su afición constante a los buenos estudios, y el genio que en ellos acreditaron, y que se podría comprobar con muchos y buenos testimonios, no permite que se les excluya de la participación de esta gloria, cuanto menos constándonos el aprecio que siempre hicieron de los escritos de su ilustre paisano, cuyos libros andaban a todas horas en sus manos, y el esplendor con que sus discípulos cultivaban todavía la poesía nacional en el siglo XV y a la entrada del XVI.

miércoles, 25 de agosto de 2021

III, continúa la Biografía

III.

Los que suponen, para dar al hecho más visos de sobrenatural, que Raimundo Lulio después de su conversión, así como pasó desde la vida sensual y mundana a la espiritual y contemplativa, desde la vanidad y los devaneos a la virtud más sublimada, pasó también de la ignorancia al grado de la más alta sabiduría, cometen un error harto visible. No es justo que el afán de hacer ver que la gloriosa era de su sabiduría empezó por un milagro, así como la de su libertinaje había acabado por un desengaño, haya de apartar nuestros ojos de los testimonios que el mismo Raimundo nos da de lo que fuera él durante su vida cortesana y caballeresca. Si su inteligencia apareció como iluminada prodigiosamente por un destello de clara luz, no es que el sacro fuego no estuviese depositado en el fondo de su alma grande, creada para altísimos fines, sino que su ardor permanecía como extinguido bajo el peso de su misma degradación moral, y ahogado al parecer por la indómita carne que le envolvía. ¡Qué mucho pues que al recibir el doble y continuo incentivo de la contemplación y del estudio, no radiase en poco tiempo y se convirtiese en una antorcha de claridad vivísima y deslumbrante!

Raimundo, además de nacer con el privilegio del genio estampado en su frente, recibió una educación la más esmerada que en aquellos tiempos podía apetecerse, al lado de la nobleza y entre los más altos príncipes de la época: y si bien a las armas se había propuesto consagrar toda su existencia, no por eso dejó de alternar en este noble ejercicio con el de las letras, para ser más tarde un caballero tan apto para defender a su patria con su brazo, como para aconsejar a su rey con su saber. A pesar de lo independiente de su carácter y de lo indómito de sus pasiones, contra las cuales, según el mismo manifiesta, no bastaban palabras ni astucias, castigos ni halagos, el joven Raimundo se hizo uno de los donceles de más inteligencia y talento de la corte aragonesa. La instrucción en los negocios de estado, el conocimiento de la índole, usos y costumbres de los pueblos, el arte de la guerra, la política, la cosmografía, la historia y las letras, venían a formar los más bellos adornos de su espíritu, en términos de que por lo claro de su entendimiento tanto quizás como por su hidalguía, y por los servicios que prestara su padre al rey Don Jaime el Conquistador en sus bélicas expediciones, le escogió este de entre la muchedumbre que formaba la nobleza de su reino, para senescal de su hijo el príncipe Don Jaime, más tarde rey de Mallorca.

Tan alto y distinguido empleo no era a la verdad propio de sus juveniles años, pero lo que le sobraba en talento suplía lo que en años le faltaba; y tan a gusto de su señor desempeñó en palacio su cometido, que conquistó enteramente su afecto y se granjeó por do quiera las más vivas simpatías. Tratando con los más altos y distinguidos personajes adquiría mayor experiencia, así como en los viajes en que acompañaba a su príncipe se hacía con mayor instrucción. Por eso en los comienzos de su vida contemplativa pudo escribir aquellos preciosos y ya citados libros sobre el Régimen de príncipes y del Orden de caballería, y más tarde su Arte política que cita Alfonso de Proaza en su catálogo de las obras de Lulio, fruto de su experiencia y de sus observaciones durante su existencia palaciega.

Una de las tareas literarias empero que más ocupaban los ocios de su brillante juventud, fue el dulce estudio de la poesía. Aspirando al título de trovador, con que se habían honrado hasta los Alfonsos y los Pedros de Aragón, y que tanto había ennoblecido desde antiguo la protección que los Berengueres de Barcelona dispensaron a la gaya ciencia, poco costó sin duda a su rica imaginación hacerse el mejor lugar entre los que ocupaban entonces la atención general. Y el aura popular de que le rodeara la viveza de su ingenio y la gracia de sus trovas, haciéndole objeto del amor de las damas y del respeto de los caballeros, fue quizás lo que contribuyó a que despertase su corazón a los malos instintos de la vanidad у a que se rindiese a las seducciones de la vida galante y sensual que acabaron por conducirle a los mayores extravíos.

Mas aunque después, tal vez a pesar suyo, hubo de abandonar la corte aragonesa que tantos incentivos ofrecía a su espíritu, para pasar a Mallorca con el infante Don Jaime a quien servía; ni la vista de su nativo suelo, ni el reposo a que la pacífica isla le brindaba, pudieron desviarle de la existencia inquieta y aventurera a que se había lanzado. Sus devaneos se hicieron públicos, sus amoríos llegaron al escándalo y sus compatricios no veían ya en él sino a un loco disipado a quien la providencia había concedido un talento que deplorablemente malograba. Así como en Barcelona la emulación y la sed de gloria literaria le dictaron tal vez más de un lais para aspirar a la violeta de oro que en premio se ofrecía en los poéticos certámenes al que mejor rimaba, en Mallorca destinó solamente el habla divina de la poesía con que el cielo le dotara, para cantar por las noches lánguidos suspiros de amor bajo la reja de desdeñosa doncella, o para insinuar con la magia de su poder en el alma de cándidas vírgenes el sensualismo que le estaba devorando.

Por desgracia de las letras mallorquinas estos rasgos de la pluma juvenil de Raimundo se han perdido. Toda aquella vida de exaltación y de amorosa fiebre, de quejas y suspiros, de temores y desdenes, de exigencias y reproches, de placeres y orgías que estampaba en el papel en armoniosas consonancias el más ardiente y mejor hablista de los trovadores lemosines de su época, ha quedado envuelta en las tinieblas de los siglos; o quizás las aniquiló el remordimiento del poeta sin dejar de ellas rastro alguno, al aniquilar en su propio corazón hasta el más mínimo rastro de sensación mundana y de profano sentimiento. Ay! ¿Quién pudiera tener en sus manos uno solo de aquellos inspirados cantares del amante trovador, una sola de las concepciones poéticas que trazara aquella imaginación poderosa, aquella alma de fuego, cuando concentrada toda en el amor, por el amor vivía, por el amor deliraba y de amor enloquecía! ¡Quién pudiera tener en sus manos aquel precioso romance que, en medio del despecho amoroso que le produjera el más terrible de los desengaños, escribía para dar salida a los sollozos de su corazón dilacerado, poco antes de representarse a sus abrasados ojos la figura del Redentor, para que tras él emprendiese el camino de la virtud! ¡Quién pudiera fijar una mirada sobre aquellos sentidos versos con que se despedía de un amor que tan cruelmente le había desengañado, y de la idolatrada hermosura que de tan terrible manera le había hecho comprender lo falaz y miserable de los placeres del mundo (1)!

Ni una canción siquiera de las que escribió Lulio durante su existencia de corte ha llegado a nuestros días; y si el autor coetáneo de su vida y el poeta mismo en varios pasajes de sus obras no nos dijese que en escribirlas se ocupó mucho durante su extraviada juventud, creyéramos sin duda que su afición a la rima y su arte en manejarla, fue uno de tantos resultados que alcanzó su entendimiento luego de entregarse a la contemplación y al estudio.

(1) Hay divergencia entre los biógrafos de Lulio acerca el nombre de la bellísima genovesa que tan amorosamente perdido tenía a Raimundo, y que en tan gran manera contribuyó a su conversión, haciéndole ver la repugnante enfermedad que corroía su seno, y mostrándole que solo lo eternamente bello e incorruptible era digno de ser amado. Leonora es el nombre que unos dan a tan interesante hermosura; otros, y entre ellos Solerio, asegura que se llamaba Ambrosia del Castello.

Sin embargo ha habido biógrafos estrangeros que han trascrito una versión, sino del poético billete con que Raimundo declaraba a su dama la pasión que le devoraba, de la contestación que la bella hizo llegar a sus manos. He aquí como cuenta uno de dichos biógrafos la singular aventura. - “Costumbre era entre los poetas catalanes celebrar en sus versos la belleza, objeto de su adoración. En una trova que Raimundo Lulio dirigió a Ambrosia, hizo grande elogio del seno de la hermosa dama, pintando la admiración y el ardiente amor que le inspiraba. La trova no ha llegado a nuestros tiempos, pero sí la contestación de Ambrosia, cuya lectura ofrece algún interes. "Señor, dice, los versos que me habéis dirigido, si bien demuestran la excelencia de vuestro espíritu, hacen ver al mismo tiempo el error, cuando no la debilidad de vuestro juicio. No es extraño que pintéis con tan vívidos colores la hermosura, cuando sabéis embellecer aun la fealdad misma. Mas ¿cómo consentís en serviros de vuestro divino ingenio para prodigar alabanzas a un poco de arcilla coloreada con el tinte de la rosa? Emplear debierais toda vuestra habilidad en ahogar el amor que os consume en vez de declararle. No es que no os considere digno del aprecio de las damas más distinguidas, mas sin duda desmereceríais mucho ante ellas si persistiéseis en servir a la menor de todas. Así, no es regular que un alma esclarecida como la vuestra, creada únicamente para Dios, se ciegue hasta el extremo de adorar una criatura. Olvidad, pues, una pasión que degrada vuestra nobleza, y no expongáis por tan poco vuestra reputación: que si continuáis en tan loco empeño me veré en la necesidad de desengañaros, haciéndoos ver que lo que forma el objeto de vuestro entusiasmo no debe serlo sino de vuestra aversión. Me decís en vuestros versos que mi seno os ha flechado el corazón! Bien, yo convengo en descubríroslo para curar vuestra llaga. Mas en el ínterin podéis estar seguro de que os tengo tanto amor, como aparento no amaros." Raimundo Lulio, como amante, interpretó estas líneas enigmáticas en favor de su pasión, y se enamoró más locamente de Ambrosia. Seguíala a todas horas, y tal era su frenético afán de verla, que un día cabalgando Raimundo por la plaza mayor de Palma, en el momento mismo en que Ambrosia se dirigía a la catedral, llevado de su ciega pasión la siguió montado hasta el interior del templo. Aunque esta extravagancia fue objeto de burla y de muchos comentarios en toda la ciudad, Raimundo llevó a tal extremo su indiscreción, que la dama, que en lo que menos pensaba era en tal amor, resolvió poner fin a un asunto cuyos resultados podían llegar a ser desagradables. Con posterioridad a la carta que había enviado a Lulio, ni las manifestaciones más visibles de desagrado ni hasta los desdenes que empleó la linda genovesa, pudieron contener a su constante perseguidor. Cansada en fin de tan inútiles medios, se decidió, acorde con su esposo, a emplear el último recurso. Escribió a Raimundo y le dio en su casa una cita; acudió volando a ella el joven amante, quien no pudo menos de conmoverse, viéndose en presencia del objeto que adoraba, y al notar la calma, la gravedad y el sello de tristeza que se vislumbraba en su semblante. La dama fue la que rompió el silencio preguntándole el motivo porque tan obstinadamente la perseguía; a cuyas palabras Raimundo, más insensato que nunca, le dijo que siendo ella la criatura más hermosa de la tierra le era imposible no adorarla, o dejar de seguirla. Hallándose pues en su tema favorito de la belleza de su ídolo, no vaciló en loar con entusiasmo los hechizos que le habían inspirado sus versos. Entonces la infeliz Ambrosia decidióse a sanar a Raimundo de su amorosa locura. "Vos me creéis, le dijo, la más bella de las mujeres; ¡cuánto os engañáis! Mirad, añadió, mirad lo que tanto amáis, mirad lo que causa vuestro delirio; y le descubrió su seno que un espantoso mal estaba devorando. Pensad en la podredumbre de este pobre cuerpo que alimenta vuestras esperanzas, y aviva vuestros deseos. Ah! exclamó Ambrosia no pudiendo comprimir sus lágrimas, dirigid a mejor fin vuestra pasión, y en vez de amar a una imperfecta criatura que se consume, amad a Dios que es perfecto e incorruptible.” Apenas hubo Ambrosia proferido estas palabras, cuando se dirigió al interior de su estancia, dejando solo a Raimundo entregado a sus reflexiones." -

Sea como fuere, nosotros deseáramos que los que estampan palabras tan textuales, hubiesen dado pruebas de su autenticidad, trascribiéndonos el original de tan interesante carta, o citándonos el cronista del sentido coloquio. Por lo demás es lo cierto que esta aventura al mismo tiempo que puso término a los amoríos y locuras de Raimundo, dio fin también a sus apasionadas trovas; y que conduciendo el alma del amante a más elevadas regiones, dio a su estro un carácter sublime, grave y severo.

Si en este cambio vino a ganar o no la poesía de Lulio no es fácil determinarlo cuando no hay posibilidad de comparar; sin embargo es de creer que perdiese en la forma y en la gracia de la expresión lo que por otra parte ganaba en elevación y grandeza: pues como sus galantes y amorosos versos tenían por objeto exclusivo deleitar con su armonía a las beldades que le inspiraban para hacer más fácil la conquista de su corazón, o lucir quizás sus dotes poéticas en los concurridos certámenes, era regular fuesen escritos con más esmero todavía que aquellos en que, prescindiendo algún tanto de semejante atractivo, se dirigían noblemente a más altos fines y a mayores empresas. La guerra abierta que declaró a cuanto pudiese dar el menor halago a los sentidos, al mismo tiempo que le circunscribió a un género de vida extremadamente rígido, le hizo adoptar hasta en sus escritos un lenguaje ajeno de todo artificio, si bien puro y agradable; y a tal extremo llevó su severidad, que hasta se duele en varios pasajes de sus obras de que sus contemporáneos gustasen de las pinturas y vanos adornos en los libros y prescindiesen del espíritu que en ellos se encerraba.

Su devoción le aficionó a los asuntos místicos y religiosos; sus contratiempos le hicieron a veces plañidero y elegíaco; la magnitud de sus proyectos le dio atrevimiento y osadía en sus versos de circunstancias; su fé, caridad y amor al prójimo le convirtió en cantor de la moral más pura y de las excelencias de Dios; y la idolatría con que amaba la ciencia le hizo poeta didáctico: y así como durante los desvíos de su juventud, según él mismo manifiesta, la hermosura de las mujeres era el imán de sus ojos; más tarde lo fueron de su corazón la poética figura de María, bajo cuyo manto procuraba conducir a los que vivían en las tinieblas del error, la imagen (imájen) sagrada de la religión por la que tanto se desvelaba, y la majestad sublime de la sabiduría de que quiso ser hijo predilecto.

Remordiéndole la conciencia por el sensualismo de las profanas canciones que había escrito, cuyos consonantes exhalaban, dice, el hedor de la concupiscencia (1), quiso expiar su falta dedicándose a los asuntos místicos y escribiendo lleno de devoción y en sentidos versos una bella composición elegíaca sobre el Llanto y dolores de María, y otra que tituló las Horas de la Virgen; para inmortalizar sus infortunios nos dejó el Canto de Raimundo y el Desconsuelo; para alentar a la cristiandad en los grandes proyectos que tenía meditados compuso el Concilio; para que la criatura conociese los misterios y las grandezas del Todo-poderoso trazó su Dictado de Raimundo y los Cien nombres de Dios; para inculcar los sanos principios de la moral cristiana y enseñar a aborrecer el vicio puso en rimas el extenso libro que llamó Medicina del pecado; y para la mejor aplicación de su doctrina, delineó un poema sobre la Lógica, y otro sobre las Reglas para la aplicación del Arte general.

(1) Teniendo presente Lulio sus pasadas trovas escribía en el libro de Contemplación, que fue uno de los primeros que compuso en su retiro: - “Luxuria fá, Senyor, fer cançons, dançes, é voltas, é lays als trobadors é cantadors. On ¿qu'els val, Senyor, loament de fayçons, ni de agensament de paraules, pus que la obra per la qual son cantadors es tota plena de pudors é de sucietats?" - Cap. 143.

Siendo pues la poesía nuestro exclusivo objeto, ocuparémonos de cada una de estas obras en particular, por el orden cronológico con que fueron escritas, y daremos de las mismas los textos originales, inéditos todavía (1), con toda la exactitud que nos sea dable, prefiriendo siempre en los pasajes que nos han parecido oscuros, transcribirlos letra por letra y tal como están en los antiguos códices que poseemos, antes que alterar en lo más mínimo ni la idea ni la expresión del autor, y notando las principales variantes que nos resulten del minucioso cotejo de ambos códices; mas no consentimos en dar fin a nuestro bosquejo sin que insertemos un fragmento de la carta que por vía de nota acompaña la bellísima Descripción histórica artística del castillo de Bellver, escrita por el célebre Jovellanos. - “El solo nombre de Lull, dice, vale por cuantos testimonios se pudieran alegar en favor de Mallorca. En la esfera inmensa de sus escritos se descubre un amor decidido, y un felicísimo talento para la poesía. Han perecido a la verdad los innumerables versos de amor y galanterías que confiesa haber escrito en su extraviada juventud, y aún yacen olvidados muchos de sus poemas piadosos; pero bastan los que se conocen para prueba de que ningún trovador del siglo XIII le igualó ni en hermosura de dicción, ni en pureza de estilo. Lo más digno de notar es, que mientras los demás trovadores envilecían su profesión y numen, copiándose y repitiéndose unos a otros ideas lúbricas y pensamientos frívolos, solo Lull levantándose en las alas de la filosofía y de la religión, consagraba su estro ora a la expresión de las ideas más sutiles y abstractas, tal como en su lógica y retórica en metro catalan, ora a los pensamientos más sublimes y piadosos, como en su patético poema del Desconort, y en los que escribió sobre los cien nombres de Dios y sobre el orden del mundo. De forma que si V. considera que Lull nació en Mallorca dos años después de la conquista; que recibió en ella su educación, y que pasó su juventud en la corte de sus reyes, no sólo hallará que la musa balear ganó por él un puesto muy distinguido en el Parnaso catalan, sino que a él le deben la lengua y la poesía catalana su majestad y esplendor."

(1) No sabemos que se haya impreso en su original ninguna de las obras poéticas de Raimundo Lulio. Algunas lo han sido en latín por algunos amantes de las glorias de nuestro célebre paisano. D. Nicolás de Pax publicó en el siglo XVII una traducción castellana del Desconort que se ha reproducido en nuestros días.

Yo no sé si esta fue la razón que tuvo el docto Mariana para decir que los poetas de la corte de Don Juan I componían y trovaban en lenguaje mallorquín; pero el suyo fue siempre muy exacto, y sus frases siempre muy pensadas, para que creamos que asentó aquella sin alguna buena razón. Lo que no tiene duda es que el ilustre ejemplo de Lull no fue perdido para su patria. Si el descuido ha dejado olvidar en ella como en otras partes las producciones de sus trovadores, la frecuente residencia de los reyes de Mallorca en Cataluña y Francia; la gran cabida que tuvieron los mallorquines, así, en su corte como en la de Aragón; su afición constante a los buenos estudios, y el genio que en ellos acreditaron, y que se podría comprobar con muchos y buenos testimonios, no permite que se les excluya de la participación de esta gloria, cuanto menos constándonos el aprecio que siempre hicieron de los escritos de su ilustre paisano, cuyos libros andaban a todas horas en sus manos, y el esplendor con que sus discípulos cultivaban todavía la poesía nacional en el siglo XV y a la entrada del XVI.

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