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domingo, 17 de octubre de 2021

ALGUNAS OBSERVACIONES ACERCA DEL ESTADO ACTUAL DE LAS LETRAS EN ESPAÑA.

ALGUNAS OBSERVACIONES

ACERCA DEL

ESTADO ACTUAL DE LAS LETRAS

EN ESPAÑA.

I.

Cuando una literatura, lejos de buscar en el fondo de sus entrañas la savia que

debe favorecer su genuino desarrollo, mendiga los desperdicios de ajenas civilizaciones sin acordarse siquiera de conservar incólume aquel sello característico que constituye su personalidad; entonces inaugura definitivamente el período de su decadencia. Las entidades morales, al igual de los individuos, nunca desatienden el respeto de si mismas sin abdicar el sagrado derecho que tenían a la consideración general. Por esto, siempre que las literaturas, perdida la luminosa huella de sus tradiciones, amortajan con el sudario del olvido los más preciados timbres de su historia, en lugar de acrecer piadosamente el tesoro de inmortales bellezas que heredaron de sus padres y cultivadores, descienden del puesto que ocupaban en la jerarquía intelectual de las naciones, y se cubren de baldón eterno.

Distamos mucho de pretender que ningún país establezca para las ideas un sistema aduanero que enfrene su fuerza expansiva: nuestro instinto, junto con nuestras más arraigadas convicciones, nos hacen rechazar semejante quimera. Queremos, sí, que las literaturas no cifren únicamente su ambición en vestirse de luz reflejada, pudiendo brillar con luz propia: queremos que no olviden sus títulos nobiliarios, ni descuiden el abono de sus pingües abolengos, que no bastardeen su carácter indígena con serviles imitaciones: queremos, sobre todo, que al absorber los elementos morales de otros países, les impongan las condiciones especiales de la suya.

El buen sentido y la experiencia acreditan que las literaturas no tienen más que dos caminos para seguir desarrollándose de una manera lógica, espontánea y fecunda: o apelar a los variados y naturales recursos que sus respectivas índoles les sugieren, o cuando necesitan acrecentar sus propios caudales con oro ajeno, fundirlo, acrisolarlo con exquisito discernimiento, y marcarlo, por fin, con el indeleble cuño de su originalidad histórica.

Los anales literarios de las naciones cultas nos ofrecen ejemplos de ambos métodos fundamentales de viabilidad.

La influencia de los enciclopedistas franceses, que despóticamente avasallaba en el pasado siglo el mundo entero, había encontrado en los estados alemanes un vehículo poderoso y un acérrimo protector en Federico II de Prusia, que hacía pública gala de su antigermanismo. Conocida es de todos la intimidad, no siempre sincera, de este gran monarca con el asombroso escritor, a quien se ha llamado en nuestros días el rey Voltaire. Oficioso sería encarecer lo pernicioso que semejante padrinazgo fue para la independencia moral y literaria que caracteriza el espíritu alemán. Más tarde algunos ingenios de este país, condolidos del abatimiento intelectual a que le había conducido tan fatal esclavitud, y sintiéndose animados por el fuego del patriotismo, dieron el grito de Surge, Lázare, que hizo levantarse del sepulcro de su abyección a la musa germana vestida de fortaleza y llena de fé en sus altos y gloriosos destinos. Desde entonces, la literatura alemana resplandece con fulgores inmortales: ¿De qué milagroso talismán echaron mano Klopstock, Schiller, Goethe, Bürger, y otros escritores dignos de inmarcesible lauro para obrar tan inaudita resurrección? Rompieron simplemente las cadenas que oprimían al genio nacional, enardecieron sus nobles aspiraciones hacia lo ideal y desconocido, y desentumecieron la rica sangre que por sus venas circulaba. Para ello evocaron con el mágico conjuro de su potente inspiración las tradiciones y la historia de su patria, e hicieron brotar de su seno manantiales de pura, espontánea y sabrosa poesía.

La segunda manera de regeneración literaria que hemos indicado, da también resultados felicísimos.

Recordemos de qué modo supo Grecia nacionalizar las riquezas intelectuales que acaudaló, gracias a sus numerosas conquistas; y el admirable acierto con que el genio, eminentemente asimilador de la cesárea Roma, hizo suyas las letras griegas al constituirse en legataria universal de la patria de Homero. El mismo fenómeno observamos en las épocas modernas. La España de Carlos V, de Felipe II y de Felipe III, no contenta con la exuberante savia que su literatura atesoraba, quiso aprovechar también los raudales de luz que el numen de Italia derramaba por todas partes, y logró imprimir en sus adquisiciones el sello de su nativa originalidad. En Francia el elemento español y el italiano, junto con una imitación discreta y sabia de los antiguos, cuajaron de regaladísimo fruto el árbol de la literatura más peregrinamente elaborada que en los modernos tiempos se conoce.

Por último, ya que hablamos de restauraciones literarias, no es lícito pasar por alto la última de las que en España se han verificado.

El genio, que por su excelsa condición es amigo de volar a sus anchuras por las regiones luminosas de lo infinito, tiempo hacía que odiaba secretamente la dinastía tradicional de un arte, cuya sobrada estrechez de miras, cuyo rutinario materialismo, cuya codificación plagada de disposiciones convencionales, le inspiraban vehementes deseos de sacudir sus cadenas. Sacudiólas, en efecto, y el estallido resonó por el mundo entero. Esta revolución trascendental tuvo no pocos puntos de contacto en el fondo con el protestantismo, y se inició también en la patria de Lutero y de Melanchton. Rápidamente generalizada, a la voz de los poetas y pensadores alemanes, en breve respondieron, ora simultánea, ora sucesivamente, la baronesa de Staël, orgullo de su sexo, Chateaubriand, Lamartine, Víctor Hugo, Vigny, Dumas, Delavigne, Senancour en Francia; Walter Scott, Wordsworth, Byron, Moore, Coleridge en Inglaterra; Manzoni, Hugo Fóscolo, Silvio Pellico, Monti, en Italia.

La literatura ibérica, al trasfigurarse como todas, comprendió admirablemente su misión. Muchos ingenios de valía, lustre de la nación hispana, mútuamente enlazados por el doble y común parentesco del patriotismo y del amor a la gloria, se asociaron con férvido entusiasmo al movimiento general. Unos enaltecieron la oratoria parlamentaria a un grado tal vez excesivo de pomposa exornación, otros dramatizaron con colorido local más o menos discutible, pero siempre con pasión y energía, el espíritu poético de la edad media y los personajes salientes de nuestra épica historia; algunos cultivaron el romance histórico, y la generalidad, mojando sus plumas en sangre del corazón, supieron engalanar con la púrpura rozagante de nuestra rima el lirismo de aquella época que encarna en el foco mismo de la vida moral, que ora escéptico y rebosando satánica rebeldía, ora creyente y resignado, es eminentemente sincero, porque pinta al vivo esa hambre de inmortalidad que vela siempre devoradora en lo íntimo del alma, como testimonio irrefragable de su divina esencia. Por otra parte, la sociedad española que atravesaba entonces un período de transición, que, indecisa entre sus costumbres tradicionales y el torrente de nuevas ideas y aspiraciones, forcejaba para penetrar en su seno por mil escondidos y angostos cauces, apenas acertaba a columbrar el blanco de sus esfuerzos, encontró primorosos pinceles que la retratasen. Sus caracteres flotantes, sus flaquezas, todas sus miserias y extravíos ya fueron objeto de una comedia saturada de discreto chiste y no escasa de vis cómica, ya de una sátira, ora llena de travieso desenfado, benévolamente sagaz y ora sarcástica, profunda y sangrienta. La posteridad recordará con gratitud y respeto la brillante pléyada de escritores que en estos distintos ramos dieron muestras de su alto talento y bellísimas dotes. Su mérito no sólo estriba en la bondad intrínseca de sus producciones, sino en el sello nacional que las avalora.

Al olvido de condición tan vital e imprescindible debe achacar principalmente nuestra literatura el deplorable abatimiento en que se halla sumida, y que tanto aflige a sus desinteresados amadores.

Otras causas han concurrido a este vergonzoso estado de abyección.

Años hace que en España el encarnizado guerrear de esos partidos políticos que tienen a gala no variar nunca de jefes, de enseñas, ni de credos, y ensordecer sistemáticamente a las rudas lecciones del tiempo; sobre desangrar el país, convertirle en palenque de egoístas y desalmadas ambiciones y entorpecer su marcha por la senda del progreso; monopolizan el núcleo de sus inteligencias y sirven de pasto casi exclusivo a la curiosidad pública. Ese estado de crónico desasosiego y de mal contenta expectación produce el desvío con que mira la nación sus medros intelectuales. He aquí por qué las ciencias, exceptuando la economía política, cuyo porvenir es visiblemente lisonjero, yacen en ella en vergonzosa postración, y las letras agonizan. Ciñéndonos a la literatura, objeto especial de estas sencillas observaciones, inútil es acariciar el buen deseo con risueñas esperanzas, mientras nuestra política no lave la lepra de personalismo que la corroe en la piscina del amor patrio; mientras se reduzca al sucesivo entronizamiento de banderías más o menos aptas para sostenerse en el poder, pero igualmente ineptas para labrar la ventura del país. Sólo así volverá este los ojos hacia sus verdaderos intereses: sólo así podrán desenvolverse los gérmenes de vitalidad intelectual que entraña.

Si por un cambio providencial de circunstancias, tenemos la fortuna de que alboree tan hermoso día, la enfermiza indolencia que actualmente malogra en flor los ingenios más bien dotados de España, desaparecerá como por ensalmo. Nuestro pueblo sin ventura, que ahora carece hasta de las rudimentarias nociones de arte, y, por lo mismo, apenas siente ninguna clase de necesidades estéticas, comprenderá entonces hasta qué punto influyen los goces mentales y las misteriosas fruiciones del sentimiento acrisolado en la felicidad relativa que puede el hombre alcanzar en la tierra.

A medida que su educación artística se formalice, rechazará instintivamente la cáfila de monederos falsos de talento literario que le deshonran, separará el pingüe y fecundo grano de la cizaña, y ceñirá con la corona de su respetuoso cariño aquellas frentes que son sagrarios de la inspiración divina. Entonces los espíritus superiores de nuestra nación no tendrán que aceptar la vida como un martirio sin palma, o una lucha sin victoria, sino que aguijoneados por la seguridad del triunfo, saborearán instintivamente la existencia inmortal que les espera, e inflamados con este deseo de gloria que arranca del principio de sociabilidad, ley fundamental de la naturaleza humana, y que instintivamente, villanamente escarnecen todos los que no pueden aspirar a ella; consagrados al cumplimiento de su misión soberana, pelearán con incontrastable brío las batallas del pensamiento, y serán, lo que tienen derecho a ser, gala y luz de la humanidad.

Descendamos al terreno de la realidad, del cual no es lícito apartarnos por más árido y desagradable que sea.

Nuestros gobiernos, algunos por un lujo de ignorancia agresiva que exaspera, han hostilizado a inteligencias de primer orden cuya superioridad les humillaba; otros les han brindado por única recompensa con toda suerte de libreas políticas, encadenándolos a sus varias miras de ambición personal, y no pocos les han dejado patullar en el charco de la miseria, no queriendo sin duda privarles del placer poético que debieron sentir Cervantes y Camoens muriéndose de hambre con la frente coronada de laurel. No ha faltado gobierno, sin embargo, que ansioso de premiar condignamente las letras, han sonreído benévolamente a los que conceptuaba acreedores a recompensas oficiales. Así, por ejemplo, ha tenido el fabuloso tacto de nombrar cónsul a un eminente letrillero, diplomático a un dramaturgo o a un poeta sentimental, y recaudador de contribuciones a cualquier filósofo disponible. Creeríamos ofender la ilustración de nuestros lectores ponderándoles las inmensas ventajas de este sistema protector.

A simple vista parece que apadrinar así a los literatos, equivale a matar cortésmente las letras. En efecto; los trabajos especulativos, y especialmente el sacerdocio de las musas, no son los más a propósito para formar modelos de empleados, sobre todo en esa complicada e indigesta rutina a que nosotros llamamos administración, para que se asemeje, siquiera en el nombre, a la de otros países más exigentes. No ignoramos el parentesco de consanguinidad que eslabona las diversas facultades del alma, por más que muchas veces su intima trabazón escape al juicio vulgar. Pero, aun rindiendo merecido homenaje a este principio filosófico, no está todavía completamente probado que baste ser un literato distinguido para sobresalir en la práctica administrativa, ni hasta para sujetarse humildemente a ella: y no se olvide que en esta materia la sobra de comprensión teórica suele ser embarazosa y perjudicial cuando se aplica en el terreno práctico. Es posible que un literato verdadero o un poeta pur sang, encontrándose en el caso referido, tomase una de las dos determinaciones siguientes: renunciar a lo que ha sido el alimento habitual de su espíritu para cumplir con firme constancia con las obligaciones de su correspondiente oficina, o dar al traste con ellas y domiciliarse otra vez en el Parnaso. En el primer supuesto la protección del gobierno sería mortal para la literatura; en el segundo sería perfectamente ilusoria. Los literatos que acierten a conciliar ambas cosas, o carecen de vocación literaria propiamente dicha, o entran en la categoría de excepciones, y por lo tanto bajo ningún concepto destruyen la regla general.

Sin embargo, estas argucias aparentemente valederas se derrumban por su propio peso a la simple enunciación de un axioma importantísimo: a saber, que el criterio gubernamental es esencialmente distinto del común, y tiene sus arcanos impenetrables a los torpes ojos de la lógica usual. Dudar de tamaña verdad podría conducirnos al extremo de negar que la Providencia dirige la razón de los gobernantes, a menos que intente perderlos; y los gobiernos españoles han sido siempre demasiado buenos y sabios para que pueda realizarse en ellos aquella terrible amenaza de quos vult perdere, dementat.

Demos un sesgo más formal a la cuestión.

No es lícito al Estado contrariar los sentimientos nacionales cuando son hidalgos y castizos, so pena de tropezar en el escollo de la impopularidad. Por conveniencia, pues, ya que no por deber, tiene el de premiar a todos aquellos escritores que el voto popular señala como insignes. Con dificultad acontece que la nación en masa conceda los honores del triunfo literario a personas que no los merezcan, atendiendo a que nunca debe confundirse el brillo fugaz de las reputaciones falsas o dudosas, con esa celebridad de ley que sólo se consigue a fuerza de genio, de tiempo y de infatigables vigilias. Además, cuando la nación emite un fallo de esta naturaleza suele encontrarse de acuerdo con la opinión general de sus críticos más imparciales e ilustrados. De consiguiente las eminencias a que aludimos tienen el derecho de ser recompensadas por la utilidad, gloria y prestigio que han proporcionado con sus tareas al país, y el Estado, si no lo hiciese, faltaría a su misión de justicia suprema. Para que tales recompensas no degeneren en onerosas, no han de lastimar en manera alguna la dignidad e independencia de los agraciados ni oponerse a sus hábitos intelectuales: y si han de redundar igualmente en pro de la patria misma que ilustran, es de todo punto indispensable que les coloque en una situación que pueda alentarles a continuar sus beneméritos trabajos.

Dejando aparte esos testimonios directos у extraordinarios de simpatía nacional, el Estado debe no sólo procurar que los talentos de los gobernados puedan desarrollarse con el mayor desahogo posible, sino poner en juego los numerosos y eficaces recursos que están a su alcance para estimularles a su progresivo perfeccionamiento. Descuidar un deber tan imperioso es hacerse indigno de las encumbradas funciones que desempeña y declararse en abierta lucha con los principios más elementales de la civilización.

¿De qué manera han cumplido nuestros inolvidables gobiernos, a quienes sin duda la asombrada posteridad erigirá altares de puro agradecida, las sagradas obligaciones que llevamos apuntadas?

Respecto al capítulo de recompensas que hemos indicado, o no han pensado siquiera en semejantes naderías, o han atado con hipócritas alardes de protección los ingenios distinguidos al carro de su ambición desaforada.

Pocos años ha, un venerable anciano, cantor clásico de la libertad, poeta, crítico, historiador y publicista, subió en brazos de sus amigos las gradas del trono, y aclamado por una multitud inmensa, tuvo la honra de que su soberana misma orlase sus sienes, llenas de limpias y gloriosas canas, con el áurea corona del triunfo.

¿Qué resorte pudo mover para laurear a Quintana, a esa nación que ha dejado pordiosear al Manco de Lepanto, que ha visto tranquilamente morir entre infames hierros a Cristóbal Colón, y en la más triste orfandad al autor sin ventura de la Verdad sospechosa; a esa nación, en cuyos calabozos ha escrito Cervantes el Quijote, y padecieron mil infortunios Alonso Cano, Fray Luis de León, Santa Teresa, Martínez de la Rosa, Argüelles y el mismo Quintana; a esa nación que no tiene bronce en sus talleres ni mármol en sus canteras para levantar estatuas a sus grandes hombres? Lo diremos por más que el carmín de la vergüenza encienda nuestras mejillas. Quien coronó al cantor de la imprenta, no fue la admiración de su patria; fue la egoísta gratitud de una fracción política, y el motivo real de esta inaudita coronación fue premiar al autor del Panteón del Escorial, porque nunca habla de Dios en sus imperecederas poesías, y porque todas sus composiciones revelan un odio profundo a la monarquía. No: Quintana no bajó al sepulcro con el inefable consuelo de que su querida España le había adjudicado el laurel del triunfo poético y de las virtudes cívicas, sino con el convencimiento de que su ateísmo literario y sus doctrinas heterodoxas convenían a los intereses particulares del partido que tan ostentosamente las honraba y enaltecía.

Por lo tocante a ese género de protección indirecta pero normal, constante, asidua, que coadyuva y enfervoriza los talentos: he aquí lo que han hecho los innumerables gobiernos constitucionales que nos han regido hasta ahora:

1.° Plagiar torpemente un plan de estudios francés.

2.° Reformarlo, es decir, hacerlo más y más absurdo, antifilosófico, irregular y desatinado a favor de múltiples y casi anuales reformas, causando así perjuicios incalculables a los alumnos y a sus familias, e imposibilitando la estabilidad en materia que tanto la requiere.

3.° Monopolizar la elección de esos catecismos de la enseñanza oficial, vulgarmente llamados obras de texto, desatendiendo casi siempre su valor científicos aunque teniendo a la vista el favoritismo gubernamental de que sus respectivos autores, o sea compaginadores, disfrutaban; ejerciendo por lo mismo una coacción sobre los profesores, muy perniciosa si se sujetaban a ella; absolutamente inútil si la evadían, como ha sucedido o podido suceder.

4.° Tergiversar las ternas con que los tribunales de oposiciones formulan sus fallos, que debieron haber tenido desde su presentación al ministerio autoridad de cosa juzgada, por razones que sería oficioso revelar: irritante abuso del cual tenemos numerosas pruebas, que manifestaremos si a darlas se nos provoca.

5.° Hacer obligatorias hasta para los empleados más ínfimos y mal retribuidos de la administración la compra de algunas obras escritas por devotos y paniaguados de varios gobiernos.

6.° Crear una ley de teatros bajo la influencia de mezquinas consideraciones personales.

7.° Publicar una ley de imprenta ultra draconiana, que en pleno parlamento ha sido tachada de mala por el ministro del ramo, que implícitamente la declaraba buena por el mero hecho de no abolirla.

8.° Tener sumida en el más deplorable abandono, hasta una fecha muy reciente, la instrucción primaria, que comúnmente decide del sesgo que toma el espíritu humano en su peregrinación por el mundo.

¡Oh musas! aprestad guirnaldas de recién cogidas flores para ceñir las frentes de los gobiernos hispanos que así han sabido enalteceros.

¡Oh Fernando el Deseado: tú que por un rasgo de peregrina sagacidad cerraste las universidades y abriste cátedras de esa ciencia trascendental que llamamos tauromaquia, regocíjate desde tu venerado mausoleo!

Agréguese a las concausas capitales que acabamos de borrajear los móviles de producción literaria que impulsan a nuestros escritores, y se podrá rastrear aproximadamente el por qué de la decadencia que deploramos.

Quejábase con desolada amargura el grande humorista Fígaro de que en España faltaba eco a la palabra del escritor. Efectivamente. El pueblo español es tan poco aficionado a cultivar el campo feracísimo de su entendimiento y de su imaginación, como a multiplicar con los numerosos medios de que dispone la industria agrícola, los inestimables terrenos que la naturaleza le ha regalado. Esta pereza intelectual, no sólo inutiliza tan buenas prendas, sino que le inspira el más severo desdén hacia las manifestaciones laboriosas del espíritu. Como no siente la necesidad de abonar su inteligencia, no puede apreciar el mérito de los que la abonan. He aquí por qué en España el inmenso sacrificio, el afán infatigable de aquellos que se empeñan en ilustrarla y enriquecerla con sus obras literarias, es apenas comprendido y mucho menos estimado en lo que vale. ¿Cómo podrá satisfacer, pues, el obrero de la idea, el literato, el filósofo, el poeta, el sabio, el artista, el innegable derecho que tiene de que sus tareas sean conocidas, justipreciadas y pagadas con honorarios de gloria por sus apáticos conciudadanos?
¿Trabajará para ganar dinero? Un sólo autor extranjero de nombradía vende mejor una obra que veinte autores españoles célebres la colección completa de las suyas. Y no se culpe a los editores, puesto que el comercio de libros está aquí atravesando una perenne crisis industrial, es decir, que la oferta de estas mercancías es infinitamente superior a la demanda. Los únicos libros que suelen tener salida en el mercado son los que satisfacen algún capricho pasajero del reducido público leyente o las traducciones de las peores novelas francesas.
Por otra parte, querer que fuera de España sean populares los escritos que dentro de ella apenas son conocidos es una imbécil quimera. ¿Qué estimulo, pues, puede moverles a escribir? Pura y simplemente el de satisfacer sus primeras necesidades. Por esto en lugar de dar a luz obras sazonadas por el tiempo y la meditación, y concienzudamente pulidas por el severo cincel del arte, escriben al desgaire y con el descuido chapucero de los menestrales mal pagados. Exigir lo contrario sería justo si se encontrase la solución de ese problema de vivir sin comer, que plantean mentalmente todos los desvalidos, y se concediese después el privilegio exclusivo de una bella invención a los míseros seres de que hablamos.

Demos el último toque a ese cuadro tan exacto como sombrío, recordando que la literatura central que ha fundido en su crisol el oro y la escoria de las provinciales, las mira con el más ofensivo desdén, y estas, completamente aisladas unas de otras, viven sin relaciones literarias de ninguna clase. ¿Quién ha leído en la orgullosa corte los preciosos libros de D. Manuel Milá, ilustre profesor de la universidad de Barcelona, acerca de la poesía popular, materia de elevado interés que tan a fondo posee? En cambio el patriarca de la crítica europea, Fernando Wolff, ha hecho sobre ella un estudio de la mayor importancia, tributando extraordinarios elogios a su modesto y esclarecido autor. ¿Son muchos aquí los que sospechan que haya existido el malogrado Piferrer, gran pensador, incomparable hablista, aventajado poeta, honor de Cataluña? Por lo demás, ¿qué sabe Barcelona de los literatos gallegos y sevillanos ni estos de los barceloneses? ¿Qué hilos eléctricos enlazan las inteligencias de las provincias entre sí?

¡O terque, quaterque beata! ¡Oh mil y mil veces dichosa patria mía! Tú comprendes la existencia sin los goces intelectuales, y la conceptuarías inaceptable sin los capeos del Tato! Sigue feliz y risueña entre los harapos de tu ignorancia. Hierve en los redondeles, bulle en las romerías, deja a un lado la azada, tira la pluma, y créeme, haz un auto de fé con la mole indigesta de tus libros. Has nacido para dormir cuando las demás naciones velan, para holgar cuando trabajan, para echarte en medio del camino cuando corren. ¡Bendita seas!


II.

Indicadas en el anterior las causas principales que, en nuestro humilde sentir, han ocasionado el actual decaimiento de nuestra literatura, cúmplenos dar en el presente una sucinta reseña del estado en que sus distintos géneros se hallan.

Por lo tocante al teatro, aun sin hacer gala de un ceñudo pesimismo, que no siempre arguye vasta erudición ni alteza de criterio, puede afirmarse que se encuentra en el mayor desbarajuste.

Una juventud audaz, falta por lo general de los más rudimentarios principios de arte, invade en tumultuoso tropel la patria escena. Sus esclarecidos restauradores, unos regaladamente toman el sol de su gloria con la bienandanza de quien cree cumplida su misión acá en la tierra; otros, imitando a los ruiseñores que no trinan nunca al lado de charquetales llenos de ranas vocingleras, se encastillan en un silencio desdeñoso y significativo; y no pocos capitulan vergonzosamente con las circunstancias, y rindiendo homenaje a la universal corrupción del buen gusto, la acrecientan y sancionan con su ejemplo. Una dolorosa fatalidad hace que el teatro sea la única palestra en donde los desventurados alumnos de las musas castellanas consiguen despertar la atención del público, obtener algunas probabilidades de lucro, y sobre todo no morirse de hambre, o vivir de hambre, que es peor.

Por esa tristísima circunstancia la crítica no puede ensañarse con esa chusma de jornaleros del arte, que desconociendo las condiciones esenciales del que se atreven a cultivar, ni tan sólo aciertan a disimular su carencia radical de dotes dramáticas, bajo las artificiosas combinaciones del movimiento escénico. Y como el peor de los géneros literarios es el que Boileau llamaba le genre ennuyeux, y que, aplicándolo a nuestro caso, bien pudiéramos llamar el género sandio, es decir, el que ni aun logra satisfacer las exigencias de la curiosidad; la gente a que aludimos, no merece siquiera esa especie de floja y contentadiza gratitud que sentimos por quien nos proporciona algún esparcimiento, sea el que fuere.

Nos duele mucho consignarlo, pero lo cierto es que en el trascurso de un año sólo se ha representado en los teatros españoles una obra original de verdadero mérito. La campana de la Almudaina, a vuelta de su falsedad histórica, y de algunos defectos secundarios, revela en su joven y aplaudido autor prendas dramáticas de subido quilate. Los pecados veniales y La culebra en el pecho, contienen algunas bellezas dignas de atención, y auguran un lisonjero porvenir a sus estimables autores, pero no tienen en conjunto gran valor. El mal apóstol y el buen ladrón, drama simbólico, calcado especialmente sobre El condenado por desconfiado de Tirso de Molina, es una prueba más de la habilidad con que Hartzenbusch elabora sus producciones, y está sembrado de rasgos magistrales. Aparte de estas obras, ¡cuántos engendros raquíticos, cuántas majaderías se han presentado en la escena española! Recuérdense esos dos estudios históricos del gran vencedor de Francisco I, intitulados Carlos I y El monarca cenobita: recuérdense El padre de los pobres, y ¿Quién es él? y se verá si llevamos la razón al afirmar que nuestro teatro está en decadencia.

Para colmo de vilipendio, eso que llaman zarzuela, aborto enfermizo del impotente mal gusto, logogrifo musical y dramático, cobra de día en día mayor valimiento y fortuna. Algunos especuladores, que tienen su conciencia artística dentro de su portamonedas y envuelta en billetes de banco, han tomado por su cuenta ese abigarrado baturrillo, que ha pasado a ser un ramo de industria para los que lo manipulan, como particularmente para los que explotan sus materiales y pingües resultados. Los primeros no necesitan más que derramar un aluvión de estrofas tan huecas y grotescamente endomingadas como sea posible sobre cualquier calaverada, más o menos verídica, del asendereado Felipe IV, o el primer argumento insustancial que se tenga a tiro de pluma; y abandonar su esperpento a la inspiración de un contrapuntista adocenado, que zurza algunas melodías populares bárbaramente retorcidas y adulteradas, con retazos de la ópera francesa e italiana. No ignoramos que hay media docena escasa de zarzuelas, cuyos libretos y cuya música merecen el aplauso de los inteligentes: nunca barajaremos las composiciones de Ventura de la Vega, García Gutiérrez, Narciso Serra y Ayala, con las mamarrachadas de Olona, ni las charadas poéticas que emborrona en caló acatalanado el tan deploramente (deplorablemente) fecundo Camprodon y Compañía. Tampoco confundiremos nunca la suave, delicada y primorosa música del Dominó azul, de Marina y del Grumete, con la chapucera, trivial y desvencijada de Gaztambide, de Cepeda y de otros Rossinis ejusdem furfuris. Pero sería cerrar los ojos a la luz del día negar que generalmente se puede repetir de ellas, que lo bueno que tienen no es nuevo, y lo nuevo no es bueno. Urge sobremanera atajar la preponderancia cada vez mayor de los zarzuelistas, si no hemos de ver algún día completamente extinguidas entre nosotros las más sencillas nociones del arte musical, y pervertidas lastimosamente las teatrales.

A estos motivos del notorio abatimiento en que se halla nuestro teatro, a pesar de los esfuerzos que hacen para retardar su ruina algunos pocos ingenios, dignos del aprecio público, debe agregarse otra estrechamente ligada a las que acabamos de apuntar, esto es, la ignorancia crasísima, mezclada con las colosales pretensiones, con el insoportable endiosamiento de la mayoría de actores españoles. Da lástima considerar que a tales intérpretes deben fiar los desdichados autores dramáticos aquellas producciones, de cuyo éxito depende su gloria, y casi siempre su subsistencia. Jóvenes imberbes, que apenas saben dar expresión a lo que recitan, pasan desde los teatros caseros a figurar en los de primer orden sin que nada les arredre. Henchidos de petulancia, todo su afán consiste en emanciparse de la tutela de los pocos actores que podrían comunicarles, ya que no facultades, alguna instrucción, en llegar a la anhelada meta, al sueño de oro, al bello ideal de sus fervientes aspiraciones, a ser directores de escena.

Y no es, ciertamente, lo más deplorable, que estos infelices ambicionen tan alto y espinoso puesto, sino que vean sin dificultad realizada su noble ambición. En efecto: los empresarios de teatros, que son comúnmente algunos logreros, faltos de caudales y ricos de esa gran virtud del siglo, que en el Diccionario de la lengua tiene un nombre no muy lisonjero, conocedores del detestable gusto del público, que es ya crónico en provincias, y codiciosos sin freno, no buscan en los directores y primeros actores que contratan más que baratura, no mérito ni experiencia. Por esto desdeñan muchas veces a los poquísimos actores buenos, que para honor del arte conservamos todavía, y andan a caza de los chambones y atrevidos, cuyos servicios pueden alquilar a ínfimo precio, con notable aumento del líquido que ha de figurar en sus finiquitos mercantiles. A tan escandalosa rapacidad se debe a menudo el que los segundos, con una pequeña dosis de ese savoir faire, que es el talento de las nulidades, encuentren con frecuencia acomodo, al paso que los primeros tengan que entregarse a los ocios de las vacaciones o a un verano extra-sazón.

¿Y qué conducta sigue en situación tan aflictiva la crítica teatral? Lo diremos sin rebozo, ya que nunca nos ha intimidado el decir la verdad. Exceptuando un escasísimo número de folletinistas, que tienen una vaga idea de la responsabilidad de su cargo, y la voluntad decidida de ser imparciales, los críticos de teatros no escuchan más que sus simpatías o antipatías y el fetichismo obligado a reputaciones consagradas. Así se explica que en las revistas de esta clase aparezcan siempre ciertos nombres con su estado mayor de calificativos encomiásticos, y cruel o desdeñosamente adjetivados otros, que no supieron granjearse las benevolencias del turibulario.

Si atendidas las circunstancias altamente desfavorables con que los revisteros teatrales escriben, son, a no dudarlo, acreedores a indulgencia respecto al aplomo y madurez de sus fallos y reconocimientos de crítica dramática que exigen estudios de por vida y práctica larga; es faltar al público, y, sobre todo, faltarse a sí propios el ajustar sus juicios a sugestiones puramente personales. Sabemos por nosotros mismos hasta qué punto es doloroso sacrificar en aras de la buena fé y de la lealtad las predilecciones del corazón, o tener que elogiar al que miramos con más o menos fundada malevolencia; pero la crítica no tiene entrañas, ni parientes ni amigos, ni ídolos ni afecciones; es nada menos que la magistratura literaria, y un juez deja de serlo cuando atiende a otra cosa que a la justicia, que es su única y soberana norma, la causa primera de su misión.

Respecto a la novela, no pecaremos de prolijos.

La de costumbres nacionales sólo tiene, en nuestro humilde sentir, un legítimo representante en España, Fernán Caballero. Sin contar los críticos más autorizados de nuestra nación, Wolf, Mazade, Latour han ponderado con amore y han aquilatado perfectamente las envidiables dotes de narrador que adornan al ilustre autor de Clemencia. Su postrer libro, sencillo relato hecho por el soldado Juan José, de las gloriosas penalidades de nuestro ejército en Marruecos, está escrito con una tierna ingenuidad que llega al alma. La de Fernán Caballero que, algún tiempo hace, cubre el más acerbo dolor con su gasa fúnebre; refrescado por las auras regeneradoras venidas de África, ha podido encontrar su perdida fuerza en el entusiasmo universal. ¡Bendita sea la pluma que así sabe interpretar todos los sentimientos buenos, nobles y sublimes de su patria!

De novelas históricas originales (así las bautizan sus infinitos cultivadores en España) hay en ella materiales para alimentar de combustible todos los hornos de cal de la monarquía. Por si llega a verificarse algún día tan donoso escrutinio, recomendamos a sus futuros ejecutores las de Ibo Alfaro, Ortega y Frías, Orellana, Tarragó, A. Altadill, Manuel Angelón y demás Walter Scotts de pacotilla: total = 0. No hablamos de Fernández y González, en quien admiramos un empuje lírico nada común, fantasía espléndida y rara fecundidad, porque apenas conocemos nada suyo en este género.

Poco diremos también de composiciones poéticas.

Aparte del Romancero de la guerra de Africa, en el cual hay doce bellísimos romances, y del libro de Recuerdos nuevamente publicado por el simpático Trueba, que sentimos no haber leído todavía, han llamado la atención pública de una manera, por cierto bien poco agradable, los dos poemas últimamente premiados por la Academia de la lengua con escándalo y ludibrio de la nación entera. No hablaré de unos ni de otra. Dejemos en paz a los muertos con los difuntos.

A todo esto, la crítica refugiada en los vergonzantes entresuelos de los periódicos políticos, o convertida en sosa e insustancial gacetilla, mal encubre su desnudez de ideas, de convicciones y de conocimientos con los andrajosos guiñapos de cuatro adjetivos campanudos, eternamente pegados a varios sustantivos de cajón, y mil vagas generalidades. Por otra parte: ¿qué podría decir ahora la crítica sana, severa y leal? Su voz sería vox clamantis in deserto, y una fiscalización estéril, dolorosa, pesada y sempiterna. Además, ¡cuán poco número de obras contemporáneas españolas son dignas de que la crítica les conceda los honores de su judicatura! ¡Cuán pocas entran en la esfera literaria!

Añádase que la prensa política diaria, con muy contadas excepciones, ha arrojado ignominiosamente a la literatura de sus columnas, que vivía en ella casi de limosna, y se vendrá en conocimiento del desairado papel que esta señora juega en la patria insigne de Pepe Hillo, de Costillares y del Chiclanero.
Respecto al movimiento literario de la Península, en los demás puntos, o es en alto grado pernicioso, como sucede hoy por hoy en Barcelona, o insignificante como en Valencia, o completamente nulo como en Sevilla, Málaga, Zaragoza, Valladolid, Palma de Mallorca y en las ciudades de la Mancha y de Galicia.

Consecuencia final de nuestras pobres observaciones es, que España, por más que reconozcamos sus considerables progresos materiales y sociales, ha retrocedido literariamente. Y si no, preguntamos refiriéndonos a nuestra restauración del 40, cuando desaparezcan los veteranos de la citada era,
¿quiénes son los destinados a sustituirles? No contestamos a esta interrogación para no descender al terreno de las personalidades. El tiempo contestará por nosotros.

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